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Martes, 13 octubre 2026
Argentina
ANALISIS

"Al final, la culpa era de Casal"

Fue la primera frase que me manifestó un alto jefe policial, cuando apenas había probado mi café. Me miró a los ojos y, en tono burlón, me dijo: “La conclusión es sencilla, y no hay nada que esconder; es la primera vez en los años que llevo en la fuerza que rajan a un ministro y el jefe de Policía queda en el cargo. Es más, fijate que no sólo quedó en el cargo, también lo ascendieron, le dieron las cuatro estrellas”

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Por Mario Baudry

Fue la primera frase que me manifestó un alto jefe policial, cuando apenas había probado mi café. Me miró a los ojos y, en tono burlón, me dijo: “La conclusión es sencilla, y no hay nada que esconder; es la primera vez en los años que llevo en la fuerza que rajan a un ministro y el jefe de Policía queda en el cargo. Es más, fijate que no sólo quedó en el cargo, también lo ascendieron, le dieron las cuatro estrellas”.

La pregunta me surgió instantáneamente: ¿Y eso qué significa? Y la respuesta fue más brusca todavía: “Que le tiraron todos los muertos a Casal, le quieren hacer pagar todos los platos rotos. Imaginate que en el ministerio hay una caza de brujas despiadada; la orden de los nuevos funcionarios fue clara: ni vestigios de la gestión de Casal”.

Después de mi sorpresa, pregunté: ¿Pero Casal sigue de ministro de Justicia? Mi interlocutor me miró, sonrió y me contestó: “Sí, porque en este gobierno la dignidad no es un valor corriente, sólo importa la supervivencia, y a veces, en la vorágine de todos los días por sobrevivir, se pierde la dignidad; y este caso no es la excepción”.

El jefe continuó con su relato, casi adoctrinándome: “Fijate que hoy no lo invitaron a la reunión del Consejo de Seguridad; es más, lo acusaron de subejecutar las partidas presupuestarias, y además lo acusan de ocultar las cifras de los policías que efectivamente trabajan, que son 10.000 por turno, de los 58.000 que cobran sueldo.

La conclusión es clara: Granados sabe que no puede cumplir lo que prometió, de poner 100.000 policías en la calle, y que no va a contar con los recursos necesarios para solventar los gastos; y como no puede echarle la culpa a Scioli de que se equivocó, le va a echar la culpa a Casal, siempre tiene que haber algún culpable”.

Y en un tono cómplice, casi de confesión, me susurró: “Están preparando un informe del estado de situación de la fuerza, que va a ser lapidario”. Mi pregunta fue casi de manual, y más una exclamación que una pregunta: ¡Pero eso afecta también a Scioli! El jefe policial fue tajante: “Sí, pero el ministro que puso a Granados se la tiene jurada a Casal, y va a ser un pase de facturas”.

Me quedé atónito y repregunté: ¿Pero Scioli no puso a Granados? La respuesta fue clara “NO, sólo lo designó; lo propuso un ministro, y Scioli aceptó. Es más, el Gobernador pidió que se quede Matzkin, y Granados aceptó, pero sólo en función protocolar. ¡Lo ascendieron como en la Iglesia, viste, siempre te sacan para arriba! Y pusieron una nueva estructura, donde se tomarán decisiones muy importantes para nosotros, como son los ascensos, traslados, reclamos del personal, etcétera, y designaron en ella a la esposa de Paggi. ¡Imaginate! El teléfono de Paggi está que arde, pasó a ser el hombre más influyente de la fuerza”.

El jefe policial seguía con su relato: “Scioli también pidió que quedara otra funcionaria, y Granados dijo que no. ¡Fue tajante! Sólo Matzkin y la encargada de Asuntos Internos, que no funciona. Imaginate que con los cambios que se vienen no puede haber una Dirección de Asuntos Internos fuerte, tiene que seguir débil como está, si no estamos al horno”.

Mi interlocutor estaba eufórico, hacía mucho tiempo que no veía a un jefe policial de su envergadura tan entusiasmado: “Lo de Matzkin es impresentable. Quisieron disfrazarlo diciendo que ocupaba el cargo de Paggi, pero no es verdad. Cuando estaba Paggi, los subsecretarios eran civiles, y estaban a cargo de la fuerza; ahora son ex vigilantes. La conclusión es sencilla: militarizaron la fuerza, se volvió a la época de Pedro Klodczyk, al sistema de la vieja Policía de Duhalde; este nuevo discurso es música para nuestros oídos”.

En forma casi inocente pregunté: ¿Cómo van a hacer para justificar el cambio de rumbo? Hasta hace unos días decían que a la fuerza la tenía que conducir un civil, y ahora cambiaron el discurso radicalmente. ¿Es decir que en estos diez años el Gobierno nacional se equivocó? La respuesta me dejó perplejo: “¡A quién le importa eso! Ahora que las papas queman, nosotros tenemos que avanzar.

A los vecinos no les importa quién dirige la fuerza policial, sólo quieren tener seguridad. En la Policía, la idea es clara: es nuestro momento, no lo esperábamos, pero pasó; hay que tomar todo lo que podamos ahora, después vemos, para retroceder siempre hay tiempo”.

Terminé mi café y me fui con una sensación rara; me preguntaba cómo la gente iba a entender que lo que durante diez años me enseñaron que era malo, ahora iba a ser bueno, y lo que fue bueno durante diez años, ahora iba a ser malo. Mi interlocutor, en algo tenía razón: a los bonaerenses no les importa quién es el jefe de Policía, sólo que les den seguridad.

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