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Sábado, 24 octubre 2026
Argentina
REFLEXIÓN

Se abre la discusión sobre el presidencialismo

Algunos intelectuales piensan que el problema de fondo es el hiperpresidencialismo, otros creen que el conflicto esconde algo de psicodrama por parte de la dirigencia partidaria

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Desde hace casi dos meses, oficialismo y oposición discuten acerca de la conveniencia o no de pagar la deuda externa con reservas del Banco Central. A los gritos. Como si de 329 legisladores que tiene el Congreso de la Nación, no fueran apenas once los que no están de acuerdo con pagar la deuda porque pretenden, primero, que se realice una auditoría como hizo Ecuador, como está haciendo el Parlamento en Brasil, como recomendaría cualquiera que lea el fallo de juez Jorge Ballestero en la causa que inició Alejandro Olmos sobre el endeudamiento externo. Y sin embargo, las diferencias –dicen unos y otros– son tan grandes que merecen esta contienda. Un enfrentamiento que provocó una crisis. Sin embargo, para el investigador Ricardo Sidicaro el escenario es bien distinto. “El Gobierno tiene un problema inmediato y lo convierte en el problema del país. La oposición, mientras tanto, tiene otro problema: las formas. Los dos hacen mucho psicodrama de la política”, apunta el doctor en Sociología, investigador principal del Conicet y autor, entre tantos otros títulos, del ensayo Los tres peronismos.

Las formas, al fin, son un viejo enemigo del matrimonio Kirchner. A Néstor le criticaron su saco demodé, su vocabulario, su tono bipolar y sus mocasines. A ella, las carteras, los vestidos, los peinados y los espesores. Los dos, varias veces, cayeron en la tentación de confrontar cuando no hacía falta (para salirse con la suya). Y a veces les tocó perder, por ejemplo, cuando se les esfumaron los votos del interior rural y otros tantos por no querer negociar a tiempo con los productores chicos.

“El gobierno de Cristina pierde popularidad por problemas de formas y lo hace de modo tan fuerte que ya una parte de la sociedad no reconoce buenas medidas que en otros momentos hubiera reconocido. Todo cae en la sospecha de que lo hacen para acumular poder propio. ¿Qué hace la oposición con esto? Comportarse del mismo modo que el Gobierno: acumula poder. Me parece que la sociedad también lo percibe, por eso cuando baja la imagen del Gobierno no sube proporcionalmente la de ningún líder de la oposición”, señala Norma Giarraca, profesora titular e investigadora principal del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA.

El sistema en cuestión. Después de seis años de mayoría automática, los resultados de las últimas elecciones prometieron un Congreso distinto. El suspenso, culpa de las elecciones anticipadas, alimentó las expectativas. Los primeros días de vigencia del nuevo esquema de Poder Legislativo apagaron a muchos entusiastas: fueron barrosos. Ahora que tiene una cuota de poder real parlamentario, al aglomerado multicolor de la oposición le van a cobrar cada uno de sus exabruptos. Deberá ser antes de que el escenario preelectoral los esparza como ya ocurrió en los últimos meses con Unión-PRO y con el Acuerdo Cívico y Social.

“La Argentina tiene un sistema presidencial, no hay cogobierno con la oposición, si quieren que eso ocurra reformen la Constitución y tengamos un sistema parlamentario”, desafió, también, la presidenta Cristina Fernández. Y la idea no le desagrada al catedrático Roberto Gargarella. “No hay peor sistema que el hiperpresidencialismo con el que contamos. La historia nos ha enseñado que es un pésimo sistema de gobierno para sociedades fracturadas por la desigualdad. Eso no significa que los sistemas alternativos sean óptimos, siquiera buenos”, analiza el profesor de Derecho Constitucional de la UBA.

No son pocos los que creen que el drama actual desnuda las falencias del sistema político de la Argentina. Otros creen que las causas del mal son bien distintas.

“La Argentina, como casi todos los países de la región, tiene lo que se llama un sistema de gobierno dividido, inspirado en la constitución de Estados Unidos. En algunos países, como en Chile y Uruguay, los parlamentos se eligen en su totalidad al mismo tiempo que el presidente. Eso, se supone, le da más posibilidades al gobierno de tener una mayoría parlamentaria. Otro sistema rige, por ejemplo, en Gran Bretaña y Canadá: concentra todo el poder en el primer ministro. En los otros países de Europa, en cambio, se puede hablar más propiamente de un gobierno del Parlamento. Sin embargo, lo que es particular de la coyuntura actual, más que la manifestación de un defecto del sistema político, es la competencia para diferenciarse entre partidos en un sistema muy fragmentado. La reforma política recientemente aprobada pretende generar un corset que ignora las consecuencias de la implosión de los partidos tradicionales en 2001”, analiza Gabriel Puricelli, sociólogo de la UBA y analista político.

La política partida. “Si la oposición y el oficialismo se detuviesen a ver que no son representativos, a pesar de que han tenido votos... Pero claro: es difícil que digan ‘somos todos partidos desarticulados y debilitados’. Y cuando la política se hace sin partidos se personaliza: está el jefe y el séquito. Y no se pueden formar ideas”, dice Sidicaro. La pérdida de representación de los partidos y de sus dirigentes es el resultado de un largo proceso, todavía en acción, con un quiebre grueso en 2001, cuando la política se fugó, tomó nuevas formas, se escurrió de los estándares habituales.

Néstor Kirchner asumió con apenas el 22 por ciento de los votos sin un trabajo político de peso y, para peor, vino de una provincia poco poblada. Pero supo acordar para acumular poder y ganar márgenes de acción. A la sociedad le prometió justicia por los crímenes de los militares, le dio una Corte Suprema confiable, bajó el desempleo, la economía creció como pocas veces y enfrentó retóricamente al FMI. También supo seducir a un sector de la dirigencia política: a algunos radicales, a muchos movimientos sociales, a sectores de la centroizquierda como el resabio del Frente Grande y Libres del Sur. Además, cerró filas con el establishment.

Desde que Cristina asumió, casi todas esas alianzas se quebraron o se desdibujaron, por motivos no tan simples. El Gobierno perdió viejos aliados y ya no supo volver a acordar para volver a sumar. Ni siquiera sacó un gran provecho político de medidas que generaron ciertas simpatías: como la ley de medios, la intervención en el negocio monopolizado del fútbol, la baja del sistema de jubilaciones de las AFJP o, ahora, el despido de Martín Redrado y la llegada de Mercedes Marcó del Pont al Banco Central.

Las debilidades de unos y otros fueron televisadas en los últimos días. Roberto Gargarella cree que éste es el momento de mirar las fallas en las reglas de juego del sistema. “En primer lugar, hacen falta reformas institucionales para hacer posible y darle sentido a la participación cívica de la ciudadanía, que hoy se desalienta o bloquea. En segundo lugar, pero más importante aún, hace falta poner el acento en terminar con la desigualdad y no, como hasta hoy, en la generación de riqueza, que como resulta habitual queda concentrada en unos pocos miembros de la nueva elite en el poder”, invita.

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