El éxito masivo no siempre se traduce en orgullo para quien lo firmó. Varios de los temas más reconocibles de las últimas décadas del siglo XX se convirtieron en himnos globales y, al mismo tiempo, en una obligación que sus creadores terminaron resentiendo.
Por ejemplo, Kurt Cobain llegó a admitir que apenas podía tocar “Smells Like Teen Spirit” sin ganas de abandonar el escenario.
Por su parte, Liam Gallagher ha dicho que “Wonderwall” le provoca rechazo cada vez que debe interpretarla.
Asimismo, Thom Yorke despachó “Creep” como un tema del que Radiohead se cansó pronto.
A esa lista se suman dos casos igual de elocuentes.Michael Stipe ha sido explícito con “Shiny Happy People”: la consideró un error de tono, un tema demasiado ligero y comercial para el espíritu de R.E.M., y durante años evitó tocarla.
En Guns N’ Roses, “Sweet Child O’ Mine” catapultó a la banda, pero Axl Rose ha mostrado fatiga ante la exigencia permanente de interpretarla, como si el riff más famoso del grupo se hubiera convertido también en su jaula.
El patrón se repite: la canción que abre puertas acaba definiendo al artista más de lo que este quisiera. El público pide el himno; el músico, en cambio, busca que no eclipse el resto de su obra. Esa tensión entre lo que el mercado consagra y lo que el autor ya no soporta sigue siendo una de las contradicciones más persistentes de la música popular.