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Puede gustar más, menos o nada, pero en la capital bonaerense diferentes encuestas marcan que el nivel de conocimiento recae en dos personas: el alcalde Pablo Bruera y el anterior, Julio Alak. El ministro de Justicia está fuera de cualquier competencia, pero el jefe comunal, no.
Ergo: más allá de las inundaciones del 2 de abril, que indudablemente marcaron un quiebre, hoy la ciudad tiene un solo hombre posicionado. El pelotón restante figura muy lejos, básicamente por un hecho central: no son conocidos. Pueden ser mucho mejores o resultar superadores, pero el común de la sociedad no los identifica y/o relaciona con la posibilidad de gobernar a una ciudad.
Bruera ha surfeado el conflicto de las inundaciones, hizo girar el debate en torno a las responsabilidades de la Provincia, y hoy la gran discusión está instalada en el terreno judicial, mucho más que en el político; es decir, lejos de 12.
Milagro o no, y si bien no atesora una mayoría automática en el Concejo, el intendente conserva el manejo estratégico del cuerpo. Ha sumado aliados desde diferentes veredas, incluso desde los sectores más radicalizados de La Cámpora, y si bien las críticas siempre están, no existen grandes cuestionamientos o trabas en el recinto. Ha pasado el Presupuesto, también hubo consensos a grandes rasgos con la Rendición de Cuentas, y ya se disiparon todos los fantasmas de un posible boicot de la oposición.
Fiel a su estilo, Bruera nunca dejó de conversar con nadie. Estuvo en el acto en el cual Gonzalo Atanasof se lanzó como hombre del sciolismo, tiene una fluida relación con Parrilli en La Rosada, y conoce muy bien a los referentes del massismo local.
Dicho en otras palabras, la decisión del intendente es la que definirá el escenario en La Plata. No habrá otro hecho trascendente de acá a las PASO. Eso es casi un hecho.