El analista político Julio Burdman, hizo referencia al primer aniversario de la muerte del ex presidente de la nación, Néstor Carlos Kirchner. El consultor político indica que a partir del fallecimiento santacruceño “se reinvento el kirchnerismo”
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* Por Julio Burdman
La muerte de Néstor Kirchner cambió la tendencia de la política argentina. Sería una exageración decir que fue a partir de su ausencia que la imagen de la gestión de Cristina Fernández subió: lo que algunos llamaron el “efecto luto”, o la corriente de simpatía social hacia una mujer que perdió a su esposo y compañero político. La evolución de las encuestas muestra que el gobierno comenzaba a recuperar imagen varios meses antes, mientras la economía se reactivaba y se inauguraba una nueva política hacia el agro. Sí podemos decir, no obstante, que ese proceso de recuperación se consolida un año atrás. Más aún: el kirchnerismo se reinventó a partir de la muerte de su creador.
Generó, en primer lugar, una corriente de aire de reivindicación del gobierno de Kirchner en la sociedad. Suele decirse, de músicos y artistas que desaparecen antes de tiempo, que cuando muere el hombre nace el mito. Esto se aplica al caso de Néstor Kirchner. Murió todavía joven y siendo el protagonista central de la política nacional. Este es un fenómeno que no se da todos los días.
Y había razones para que Kirchner fuera reivindicado. Durante su gobierno, la economía creció y los indicadores sociales mejoraron. Tenía muchos detractores que lo rechazaban por razones que, en su mayoría, no eran económicas. Las clases medias antikirchneristas criticaban su estilo, sus peleas, sus contradicciones. Un telón que cayó el 27 de octubre de 2010. Se rompió la espiral del silencio. En su ausencia, los errores fueron perdonados, las deudas condonadas, y quedaban las cifras insoslayables de su gestión de gobierno. La oposición, que se ocupaba demasiado de hablar de la persona de Kirchner, quedó vaciada de argumentos. A su esposa no se le podían atribuir las mismas críticas. De hecho, la Cristina después de Néstor es otra. Dejó de ser esposa y pasó a ser madre.
Es así que surgen, en este último año sin Néstor Kirchner, dos clases de “nuevos kirchneristas”. Por un lado, los que ahora evalúan que su gobierno “después de todo, no era tan malo” y cambiaron su voto a la oposición por un respaldo a un oficialismo que no habían querido ni en 2007 ni en 2009. Pertenecen a segmentos de la población que siguen la política desde lejos. Y por el otro, están los “nuevos militantes”, en general jóvenes. No se trata de un grupo muy numeroso, pero si visible y audible. Ellos unieron sus ideas progresistas con la emoción romántica que les produjo asistir a la muerte prematura de un político que se había peleado con el FMI, la Iglesia, los militares y los grandes empresarios. Al pingüino, un hombre común con aspecto de antihéroe, se lo sube al podio.
En el campo de la oposición al kirchnerismo, hubo un quiebre. Sin Kirchner, el antikirchnerismo perdió sentido. Y aquellos que habían ordenado su lenguaje e identidad políticos sobre el combate a Kirchner, quedaron sumidos en la confusión. El caso evidente es el del Vicepresidente, Julio Cobos, que anunció su retiro de la vida pública. Hacia dentro del peronismo, y contra los malos augurios, la desaparición de Kirchner paradójicamente reforzó el liderazgo de Cristina Fernández. Es cierto que se desarmó el mecanismo de sucesión alterna que los ayudaba mutuamente, pero ahora ella, como heredera del fenómeno K, es la líder indiscutida del justicialismo. Nadie, en el último año, cuestionó su autoridad ni su candidatura a la reelección, pese al revés electoral de 2009. Y menos ahora, tras el contundente resultado del domingo pasado.