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Sábado, 3 enero 2026
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3 de enero de 2026
INVASION

El secuestro de un presidente: ¿Estados Unidos, juez y verdugo del mundo?

Sin absolver al régimen de Maduro ni sus graves violaciones a los DD.HH, la captura forzada del presidente venezolano marca una ruptura inédita del derecho internacional. La operación reabre el fantasma del intervencionismo, expone intereses geopolíticos y sienta un precedente peligroso.

El secuestro de un presidente: ¿Estados Unidos, juez y verdugo del mundo?
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Nicolás Maduro no es un santo. Lejos de eso. Su régimen ha llevado a Venezuela a una de las peores crisis humanitarias de la historia reciente: hiperinflación galopante, escasez de alimentos y medicinas, éxodo masivo de millones de venezolanos, represión brutal contra la oposición y acusaciones fundadas de fraude electoral en 2024 que le permitieron mantenerse en el poder. La economía, alguna vez boyante gracias al petróleo, se derrumbó bajo su gestión autoritaria, con corrupción rampante y alianzas con grupos irregulares. Nadie con sentido común defiende su legado de miseria y violaciones a los derechos humanos.

Sin embargo, lo que ocurrió en la madrugada del 3 de enero de 2026 cruza todas las líneas rojas del derecho internacional. Según anunció el presidente Donald Trump, fuerzas especiales estadounidenses —probablemente la elite Delta Force— ejecutaron una operación de “gran escala” en Caracas: explosiones en instalaciones militares clave como Fuerte Tiuna y el aeropuerto La Carlota, sobrevuelos de aviones a baja altura y, finalmente, la captura de Maduro y su esposa Cilia Flores, quienes fueron sacados del país por la fuerza. Trump lo celebró como un éxito, justificándolo con antiguas acusaciones de narcotráfico y la ilegitimidad del gobierno venezolano.

Esto no es justicia: es un secuestro de Estado, una invasión a un país soberano sin declaración de guerra ni autorización del Congreso estadounidense, mucho menos del Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Desde cuándo EE.UU. se erige como juez global, decidiendo quién gobierna en otros países y ejecutando “arrestos” extraterritoriales con bombas y comandos? Si Maduro debe rendir cuentas, que sea ante tribunales internacionales legítimos, no en una operación unilateral que huele a intereses geopolíticos.

Y ahí está el meollo: Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo. Su alineación con Rusia y China molesta a Washington en plena competencia global.¿Casualidad? Recordemos antecedentes: en 2003, EE.UU. invadió Irak alegando armas de destrucción masiva químicas que nunca aparecieron, dejando un país en ruinas y cientos de miles de muertos. Intervenciones en Libia, Panamá o Grenada siguieron patrones similares: pretextos humanitarios o de seguridad que encubrían recursos estratégicos o alineamientos incómodos.

Esta “barbaridad” —como la califica gran parte de la comunidad internacional— abre un peligroso precedente. Rusia y China ya condenaron la acción; América Latina tiembla ante el regreso del “patio trasero”. ¿Qué sigue? ¿Caos en Caracas, guerra civil o una ocupación encubierta? Maduro es responsable de mucho sufrimiento, pero violando la soberanía venezolana, EE.UU. no trae democracia: trae inestabilidad y resentimiento. El mundo necesita reglas, no un sheriff autoproclamado.

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