*POR HERNáN SáNCHEZ
10/12/2020
Los claros y oscuros del gobierno provincial en un año excepcional
"Los elementos de análisis deben ser excepcionales frente a la excepcionalidad de este 2020 atravesado por la pandemia que le cambió la vida y los planes a todo el mundo; fundamentalmente a los gobiernos..."
Los elementos de análisis deben ser excepcionales frente a la excepcionalidad de este 2020 atravesado por la pandemia que le cambió la vida y los planes a todo el mundo; fundamentalmente a los gobiernos, que debieron improvisar frente a lo desconocido, a veces con aciertos, otras con severos errores. En ese contexto, el primer año de Axel Kicillof como gobernador  de la provincia de Buenos Aires tiene que tomarse desde la perspectiva de la crisis sanitaria, sin dejar de contemplar el desenvolvimiento económico y político de un mandatario que se siente como pez en el agua en el ámbito de las finanzas pero todavía adeuda materias en el mundillo de la rosca. La crisis por el COVID 19 resaltó algunas cuestiones y por otro puso un velo sobre áreas de la gestión que defeccionaron.

Una tormenta inesperada para que la bienvenida no sea tan buena parece perseguir a los gobernadores bonaerenses en el debut de la gestión. A Kicillof lo sorprendió un principio de amotinamiento en las cárceles que compartió las primeras planas, entre el 10 y el 11 de diciembre (día que juró) de 2019, con el recambio político que eyectó a Cambiemos de la Nación y la Provincia para permitirle el regreso al kirchnerismo. Antes, a Daniel Scioli fue recibido con la toma del ministerio de Desarrollo Social, y después María Eugenia Vidal bailó con el “descuido” penitenciario que permitió la triple fuga  de Víctor Schillaci y los hermanos Lanatta de la cárcel de General Alvear.

Sorteada esa primera prueba, que no llegó a mayores, y con una promisoria temporada veraniega por delante, el debutante gabinete bonaerense prefirió retrasar la discusión por el Presupuesto 2020, fundado en la idea de reelaborar con su propia impronta el proyecto bocetado por la gestión anterior. Luego, la demora se hizo tan extensa que, con la llegada de la crisis sanitaria por el coronavirus, la administración trabajó con el prorrogado de 2019. Sin embargo, el Ejecutivo sí envió a la Legislatura una nueva Ley Impositiva. Aquella discusión navideña marcó el primer cruce fuerte con la oposición, que hizo valer su número en la Legislatura para hacerle modificaciones al proyecto.

La jugada de Juntos por el Cambio mostró la versión iracunda del Gobernador cuando las cosas no se hacen a su gusto. Fustigó fuerte, cargó aún más con la reiterada queja hacia la administración Cambiemos por el estado en que había dejado las cuentas de la Provincia; y la relación Ejecutivo-Legislatura se tensó desde el arranque. El impasse legislativo del verano calmó aguas, pero para el Gobierno empezaba otra pelea despareja: la negociación con los acreedores externos. 

Si en algo le asiste la razón al mandatario es que recibió una administración saturada de compromisos financieros, con pagos de capital exorbitantes, además de una abultada deuda con acreedores. De todos modos, se paró de entrada en una postura que promocionó como inflexible, y por eso tuvo sabor a derrota la obligación de pagar el vencimiento del bono BP 21 por 250 millones de dólares en febrero. Había poco tiempo para reperfilar vencimientos y los bonistas no se dejaron amedrentar por la amenaza del default. De hecho, la pelota quedó de su lado desde el momento en que el no pago bonaerense hacía correr el riesgo de que se declarase en default al país.

Luego vino la exitosa renegociación de la Nación y la esperanza de que pronto la Provincia alcanzara también una quita de capital y una extensión de los plazos. Sin embargo, los acreedores de los bonos bonaerenses no han aceptado todavía ninguna de las ofertas realizadas por el Gobierno. Con la última extensión del plazo, la renegociación quedó extendida hasta el primer día hábil del próximo año. Es una exageración catalogar de fracaso la renegociación de la deuda por la extensión temporal sin resultado positivo, porque como contrapartida debe remarcarse que la Provincia no se volvió a ver obligada a pagar y los bonistas mantienen las conversaciones a la espera de una oferta que los acerque al acuerdo. De cualquier forma, es un tema pendiente que sí o sí deberá resolverse en el segundo año de mandato. 

Sin problemas con los gremios como tuvieron mandatarios anteriores en el arranque de la gestión, y sin demasiados cuestionamientos sindicales durante todo el período pese a que la inflación continuó horadando los salarios, la administración bonaerense se ahorró muchos dolores de cabeza que ahora pueden reaparecer. El costo de vida hace insostenible la contención de las bases y, en marzo, con una mayor normalidad, pueden llegar los nubarrones. Mientras tanto, hay hasta ahora un punto a favor.

La llegada de la pandemia cambió prioridades y desnudó urgencias. Con una asistencia extraordinaria permanente de recursos por parte la Casa Rosada, el Gobierno provincial, y por añadidura los municipios, contaron con el dinero suficiente para fortalecer el sistema sanitario. Sin entrar en la discusión de si la estrategia del Estado Nacional fue la acertada en el modo de encarar la crisis sanitaria, lo cierto es que en la provincia de Buenos Aires el sistema respondió a las exigencias. Siendo el distrito más complejo, con la mayor densidad de población concentrada en el Conurbano y una estructura sanitaria de base descuidada, el sistema no colapso en ningún momento.

Lo sucedido con los hospitales deja, por otra parte, interrogantes y enseñanzas. Si en tan poco tiempo se reacondicionó y preparó todo un sistema sanitario para una enfermedad contagiosa; si se pudo equipar al personal de manera adecuada; si los insumos estuvieron disponibles; si se hicieron hospitales modulares; y si hubo capacidad para adquirir tecnología de primera; ¿por qué en épocas de normalidad el sistema público de salud parece abandonado a su suerte?. ¿Nunca hubo plata para mejorarlo o lo que no hubo fueron decisiones políticas desde hace muchos años? Sería loable que desde ahora, con la base hecha, las inversiones siguieran y los nosocomios provinciales y municipales dejen de  ser tristes estructuras en cuyo interior miles de profesionales dejan la vida muchas veces sin los materiales básicos.

Debieran trasladarse esas preguntas a otras áreas esenciales, como por ejemplo la Educación. Más allá de las promesas de obras “en todas las escuelas de la Provincia”, como afirmó a La Tecla hace unos días un funcionario, el área educativa en el año del COVID aparece como uno de los talones de Aquiles de la administración bonaerense. Las respuestas durante la crisis provocada por el COVID 19 aparecen lejos de las que necesita una Provincia donde la falencia educativa es evidente y preocupante.  Debe remarcarse, no obstante, que la decisión de que Argentina sea el único país del mundo donde no hubo clases durante la pandemia obedece más a una decisión de la Nación que de las jurisdicciones; pero aun así, la Dirección General de Escuelas careció de reacciones y sobre todo de explicaciones oficiales, amén de los errores reiterados en las liquidaciones de sueldos.

El cumplimiento del primer año de gobierno encuentra otra vez al Ejecutivo y la Legislatura en medio de una negociación tensa, ahora por el Presupuesto y la Ley Impositiva 2021. Tener este jueves la Ley de Leyes aprobada hubiese sido un buen regalo de aniversario, pero por lo menos las conversaciones se extenderán una semana más. Lo que sucede con la previsión de gastos para el próximo ejercicio es el corolario de una cambiante relación con la oposición, y también con los intendentes del propio espacio. 

El temor causado por la llegada del coronavirus mostró las mejores imágenes de una democracia que quiere crecer aún en los disensos, pero con el correr de los meses eso se diluyó. Las fotos de Alberto Fernández, Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta que entusiasmaron a los moderados se replicaron en la Provincia en reuniones con los jefes comunales de todos los espacios, y un trabajo coordinado que se mantuvo en sintonía fina durante los primeros tres o cuatro meses. Después, los intereses políticos le ganaron la pulseada a la moderación, y llegamos a fin de año con un quiebre de relaciones entre la Nación y la Ciudad, fundamentalmente producido por la demanda permanente de recursos de la provincia de Buenos Aires.

Puertas adentro, en el territorio bonaerense, la manera de conducción política del Gobierno choca con las viejas tradiciones a las que están acostumbrados la mayoría de los alcaldes y legisladores. Todos hablan de “modos” y de “cumplimiento de los compromisos”. En ese sentido, la Legislatura hasta ahora ha respondido bien pese a que la oposición tiene número como para forcejear más. Por caso, cuando el Ejecutivo pidió un nuevo endeudamiento lo obtuvo sin entregar los cargos que le corresponden a la oposición, y sin condonar la deuda que los intendentes quieren sortear por los préstamos que se les otorgaron para sobrellevar la crisis de la pandemia.

Curiosamente, esas mismas discusiones se colaron nuevamente en una nueva negociación, en este caso por el Presupuesto y la Ley Impositiva. Es lo que lleva a los opositores a quejarse de que “siempre te corren el arco y no se cumplen los compromisos asumidos en acuerdos anteriores”. Esas falencias en el muñequeo político se trasuntan, además, en la relación con los intendentes del Frente de Todos. Hay jefes comunales oficialistas que aseguran no obtener del Gobernador las respuestas que requieren, se quejan de falta de comunicación y de desatención, a veces, de algunos ministros.

Quizá con cierta razón, Kicillof se molesta cuando los jefes comunales lo puentean y plantean sus necesidades en el Gobierno Nacional, provocando por ejemplo que sea Alberto Fernández quien se lleve los laureles del plan integral de seguridad para el Conurbano. Como contrapartida, los alcaldes se quejan de falta de respuestas a sus reclamos, o de demoras burocráticas. Los convenios sobre lo que podían hacer los intendentes con el dinero del propio plan de seguridad fue utilizado por calle 6 como una respuesta de poder ante ese puenteo, que no hizo más que resquebrajar la relación. Después, los popes distritales del peronismo respondieron con un pedido de más recursos para manejar ellos la obra pública en sus distritos. Una exigencia a la que el Gobernador preferiría no ceder.

Sin dudas, en la rosca política todavía le quedan a Axel Kicillof asignaturas por resolver. Marzo aparece como la última mesa y todos deberán hacer un esfuerzo por comprender “los modos” del otro, porque para todos sigue siendo prioridad conservar la alianza gobernante. Mientras tanto, se fue un año distinto, diferente, atípico. Un año con Kicillof al frente de la Gobernación, que arrancará 2021 con una experiencia que sólo el cargo puede brindar. 


*Hernán Sánchez, Secretario de Redacción de Revista La Tecla