La Argentina transita febrero de 2026 en un contexto de consolidación institucional que varios especialistas destacan como un hito histórico. El país completa su sexto mandato presidencial consecutivo ejercido íntegramente según la Constitución, con una alternancia ordenada que se repite por cuarta vez. Esta secuencia, inédita en la historia reciente, contrasta con ciclos previos marcados por interrupciones y crisis. Historiadores como Eduardo Lazzari señalan que este funcionamiento estable de las instituciones acerca al país a estándares de grandes democracias, aunque persisten desafíos en la recomposición y modernización de los partidos tradicionales.
En el plano nacional, el gobierno de Javier Milei sostiene un programa de fuerte ajuste económico cuyos efectos muestran contrastes. La inflación se redujo de manera pronunciada respecto de los picos 2023-2024, el riesgo país perforó los 500 puntos por primera vez en años y el cepo cambiario quedó desactivado. Sin embargo, la recuperación económica es dispar: el consumo masivo y la industria avanzan de manera fragmentada, los salarios reales continúan rezagados y hay debate sobre la metodología de medición del INDEC tras sus recientes cambios.

La provincia de Buenos Aires refleja una crisis persistente de representatividad y peso político que se arrastra desde hace décadas. Aun siendo el distrito más poblado y productivo —cerca del 45% del PBI nacional y un tercio de la población— su influencia en las negociaciones federales sigue siendo limitada y la discusión por los fondos de coparticipación es una constante a pesar del color político de los gobiernos de turnos, que sumado a la frágil situación de las arcas, dejan a PBA en un escenario de atraso de pagos y varios frentes de conflicto. A ello se suma, la interna del PJ bonaerense y las aspiraciones presidenciales del gobernador Axel Kicillof profundizan un escenario de tensiones y fragmentación.

En el plano internacional, el segundo mandato de Donald Trump domina el escenario global. En apenas un año, ha ejecutado acciones unilaterales de fuerte impacto: la intervención en Venezuela con la captura de Nicolás Maduro, presiones comerciales sobre China, exigencias militares a Europa y amenazas en distintos frentes. Este giro ha reconfigurado áreas de influencia, reinstalando una lógica de poder más directa y nacionalista, con un claro retroceso del multilateralismo.
La relación entre Argentina y Estados Unidos atraviesa su punto más alto en décadas. Milei y Trump sellaron un acuerdo comercial amplio que reduce aranceles, impulsa exportaciones y profundiza una alianza político-económica sin precedentes recientes. Este alineamiento, junto a apoyos financieros previos de Washington, fortaleció la estabilidad macroeconómica argentina y reposicionó al país como un socio central en la región.

Para historiadores como Lazzari, la coyuntura combina elementos novedosos —como la irrupción disruptiva de Milei, comparable en impacto (aunque no en contexto) a la aparición de Perón en 1946— con desafíos estructurales que persisten: la renovación de los partidos, la necesidad de fortalecer consensos y el riesgo de diluir la idea de nación ante discursos fragmentadores. Patricio Lons, en cambio, observa continuidad en patrones históricos: la ausencia de objetivos civilizatorios compartidos desde el siglo XIX, crisis que se retroalimentan entre Nación y provincias y una producción con escaso valor agregado.
En conjunto, el escenario muestra una Argentina que combina avances institucionales y ciertos progresos macroeconómicos con debilidades políticas profundas, especialmente en Buenos Aires, mientras el nuevo orden internacional marcado por Trump redefine alianzas y equilibrios.
Patricio Lons (historiador)
"No veo un proyecto de civilización y desarrollo en nuestra provincia"

–¿Qué elementos de la coyuntura política y económica actual se repiten en la historia y qué hay realmente nuevo en este momento?
–La coyuntura política parece ser la misma desde 1810: falta de capacidad de gobernar, empobrecimiento de la moneda y carencia de objetivos para toda la comunidad. Por eso, cualquiera que se salga de los cánones de conducta esperables de un presidente parece ser algo nuevo e interesante, pero luego vemos que es la continuidad —con otros ropajes— de un proceso de destrucción iniciado con la secesión de la América española.
–¿La Argentina atraviesa un cambio de ciclo profundo o, como otras veces, una nueva versión de su lógica pendular?
–Estamos nuevamente en el péndulo típico de nuestra historia, carente de objetivos civilizatorios. La única discrepancia es entre proyectos ideológicos y culturales, pero ambos están alejados de nuestra tradición primordial española y grecorromana.
–Históricamente, ¿cómo impactan las crisis nacionales en la gobernabilidad de la provincia de Buenos Aires y qué paralelos hay en la actualidad?
–Las crisis nacionales se alimentan con las provinciales. Tanto en un ámbito como en el otro hay una carencia de objetivos para agregar valor a la producción. Esto ocurre desde tiempos inmemoriales. Desde la ruptura de la unidad continental con la secesión de América se perdió la cadena de valor agregado y nos hemos convertido en productores de materias primas con escaso valor agregado. Es una historia sin fin, alimentada por la ineficiencia y la deshonestidad de la política argentina.
–Desde la historia política, ¿la provincia de Buenos Aires sigue siendo el territorio donde se condensan y amplifican las crisis nacionales, o atraviesa una dinámica propia que la diferencia de otros momentos críticos?
–Si Buenos Aires se resfría, repercute en la salud económica de todo el país. Si eres gobernador de Buenos Aires, puedes terminar siendo candidato a la fórmula presidencial y presidir el Senado o la República, aunque las posibilidades de éxito son escasas. Solo Duhalde llegó a presidente. Se la conoce como la “maldición de Alsina”. Pero no veo un proyecto de civilización y desarrollo en nuestra provincia. No lo hay desde hace décadas. No veo un proyecto peronista en las provincias que dicen serlo. Acaba de cumplir 95 años María Estela Martínez de Perón, primera mujer presidente elegida por el pueblo y viuda del fundador del movimiento nacional justicialista. ¿Alguien me puede decir si algún gobernador le envió saludos a su residencia de Madrid? El último reconocimiento que recibió fue por parte de la Fundación Preserva España.
–¿Estamos ante una transición del orden mundial comparable a otros grandes quiebres históricos?
–Sí. Estamos ante fuertes cambios de paradigmas. El derecho internacional está por los suelos más que otras veces. Los pueblos están solos. Los políticos responden a cabildeos de poder, no a sus ciudadanos; estos ya no deciden nada y no pueden poner frenos al poder político. El riesgo de una guerra mundial se presenta como inevitable, aunque no lo sea, y el miedo se alimenta cada día.
–¿Trump es una anomalía personal o la expresión de un proceso histórico más profundo de repliegue nacionalista y crisis del multilateralismo?
–Trump pareciera tener un proyecto nacionalista, aunque lo que percibimos es la concentración de poder en un solo país. Esto nos pone en la línea de confrontación entre poderes fácticos y nacionales. No sé si Trump podrá imponer su voluntad para que su frontera norte llegue hasta el Polo, pero que va a amagar con presentar esa intención, ya lo está haciendo para, posiblemente, reducir sus aspiraciones.

Eduardo Lazzari (historiador)
“La provincia de Buenos Aires no puede ni gobernarse a sí misma y perdió todo peso político real.”
–¿Qué elementos de la coyuntura política y económica actual se repiten en la historia y qué hay realmente nuevo en este momento?–El riesgo de comparar episodios históricos está dado fundamentalmente por la dificultad de mostrar elementos distintivos en cuanto a lo que significan los contextos diferentes. Entonces uno puede hacer, atrevidamente, algunos comentarios respecto de algunos personajes y algunas circunstancias. Es decir, hoy estamos atravesando un hecho significativo que es la consolidación, creo que definitiva, de la República como institución. Tenemos episodios que son únicos, incomparables. Vamos por la sexta presidencia que está cumpliendo su mandato tal cual manda la ley.
Hace cuatro presidencias que se repite algo propio de las grandes democracias, que es la alternancia: es decir, ante el fracaso de un gobierno, pasa a gobernar la oposición y viceversa. Y eso es un elemento que pone a la Argentina regional en algo muy favorable. Es un país en el cual la violencia política prácticamente no existe.

Tenemos algunos episodios en los discursos que, a los que somos liberales, no nos gusta nada: que el discurso público sea un discurso de violencia, de pelea, de discusión, de adversidad. Pero dicho esto, se hace un poco difícil comparar con el pasado porque nunca había habido cinco períodos presidenciales que hubieran terminado su mandato con el mismo presidente que lo inició.
El tema de la alternancia no existía en la Argentina. Y por otro lado, el gran respeto que ya hace casi 20 años hay a las autonomías provinciales, a pesar de las discrepancias políticas. Yo diría que, si uno quisiera encontrar un hecho histórico relevante que se parezca al presente, es que la irrupción de Javier Milei con un partido político tan novedoso, tan notable, parece extraña, pero solo es comparable con la irrupción de Juan Perón en 1946, que tres años antes nadie sabía quién era.
Pero los contextos son absolutamente incomparables. Perón surge de un golpe militar, de un golpe de Estado, y Milei surge de un ejercicio democrático —yo diría— casi impecable. Pero bueno, ahí tenemos una comparación con respecto a la historia.
Yo soy realmente entusiasta con el momento que está viviendo hoy la Argentina y, sobre todo, por lo que significa el funcionamiento de las instituciones. Faltaría que los partidos políticos argentinos se pusieran un poco a tono y renovaran, por un lado, sus discursos frente a los nuevos acontecimientos de la historia, y a la vez que ejercieran su democracia de cara al pueblo. En esto hay que decir que ni el PRO, ni el radicalismo, ni el peronismo —que es de donde podría surgir una oposición al gobierno de Milei— están ejerciendo la democracia interna que les permitiría renovarse.
–¿Cómo ve el comportamiento de los partidos políticos ya tradicionales en esta coyuntura actual y respecto a la aparición de Javier Milei?–Bueno, los períodos históricos siempre tienen una dinámica de años, pero la última elección marca una acentuación de la crisis radical. El radicalismo llegó al absurdo de tener a un ministro de Cristina Kirchner como presidente, algo que es realmente incomprensible desde el punto de vista ideológico. Y por otro lado, la crisis del peronismo, que fundamentalmente está basada en que el peronismo hace muchos años que no ejerce la democracia interna: son todos arreglos cupulares los que establecen quiénes van a ser los que van adelante.
Y además, ante la crisis que significa tener a una expresidenta presa, condenada por corrupción; dos vicepresidentes también en esa circunstancia; dos gobernadores presos —el caso de Urribarri por corrupción y el caso de Alperovich por delitos sexuales— y la permanente presencia de antiguos dirigentes del peronismo que pasean por los tribunales. Evidentemente, la única salida que puede tener el peronismo es renovarse a través de un gran ejercicio de la democracia interna, que estamos viendo que en la provincia de Buenos Aires particularmente no se estaría dando, sino que todo son presiones para llegar a un acuerdo de carácter cupular, que no lo vemos como algo verdaderamente positivo.
Pero bueno, lo cierto es que ya hasta se ha perdido la identidad: el radicalismo, por primera vez en su historia, a nivel nacional no tuvo una representación en su partido. Y el peronismo, en cada uno de los territorios, es como que se hubiera convertido en una confederación de partidos filoperonistas, pero incapaces de tener una identidad. Hay una crisis que, en el caso del PRO, más bien fue una irrupción, pero su municipalización permanente —que llega al extremo de que ahora la Ciudad de Buenos Aires defiende a sus colectivos cuando los colectivos son usados por la mayoría de gente que no vive en la Ciudad—, en vez de integrarse el Gran Buenos Aires en una megalópolis ordenada y con un pensamiento hacia el futuro, hace que cada cosa se vaya cerrando más.
Algo que tiene que ver con lo que está pasando, y que para mí es lo más grave de la discusión ideológica argentina, es que se ha dejado de lado el concepto de nación, el concepto de unidad, el concepto de Argentina. Y en las últimas elecciones, el que no defendía la neuquinidad defendía el cordobesismo, o la salteñidad, o Mendoza que pensaba en la independencia. Es decir, ahí hay un riesgo grave: el discurso de la dirigencia política pretende acentuar sus características de distinción por sobre sus características de integración a la comunidad nacional.
–¿Pero por ahí las provincias estarían teniendo una mirada más federal, pero en sí mismas más autónoma, en este contexto federal?–Creo que se hace una alusión al federalismo cuando se lo ataca notablemente. Es decir, la Argentina funciona en forma federal: es lo que permite que cada provincia tome decisiones totalmente autónomas. Prácticamente los recursos nacionales, en su mayoría, se los llevan las provincias. Ha habido una gran astucia política de las provincias de echarle a los gobiernos nacionales la culpa de todo lo que pasa.
Pero, digamos, que el discurso político no tenga incorporada la idea de nación y que se vea al gobierno nacional como un enemigo de las autonomías provinciales —más allá de las discusiones coyunturales sobre un tema en particular— es algo que no es bueno. Hay discusiones prácticas sobre cada uno de los aspectos, pero por otro lado, cuando se acusa a Buenos Aires de unitaria, por ejemplo, se comete una injusticia práctica: hoy, la mayoría de los pobres de la Argentina viven en la provincia de Buenos Aires. Es curioso que se le eche la culpa al gobierno nacional y a la provincia de Buenos Aires cuando, en realidad, la provincia de Buenos Aires es la que tiene el mayor índice de pobreza del país en términos absolutos; es decir, viven más pobres en la provincia de Buenos Aires que en el resto de la Argentina sumados.

Y sin embargo, el discurso que se escucha en las provincias es que todo el dinero se lo lleva Buenos Aires. Y eso no es verdad, no es cierto. El riesgo de no entender… Días atrás recordábamos la batalla de Caseros: habría que volver a ese principio de Urquiza de entender el país federalmente, pero volver a consolidar la idea de la nación. Yo no la veo en riesgo inmediato, pero me preocupa la tendencia de los discursos políticos de este tiempo.
–¿La provincia de Buenos Aires sigue siendo ese territorio donde se condensa o se amplifica en las crisis? ¿O tiene una dinámica propia que la diferencia de otros momentos?–Bueno, yo creo que si hay una crisis institucional severa, la tiene la provincia de Buenos Aires, que en estos 42 años desde la restauración de la democracia ha perdido todo peso político en el país, a tal punto que los últimos gobernadores son porteños: Scioli, María Eugenia Vidal, Axel Kicillof; es decir, dirigentes formados en la Ciudad de Buenos Aires cuyos partidos los trasladaron a la provincia para tener candidaturas competitivas. Una cosa que es increíble: la provincia de Buenos Aires no puede ni gobernarse a sí misma.
Y eso yo creo que hace que la provincia no pueda definir una identidad. Entre tres o cuatro provincias del interior, se la llevan puesta siempre en todas las negociaciones. Y esa es una cuestión muy, muy grave, porque no han variado —en los últimos 150 años, para establecer un límite en la presidencia de Sarmiento— el porcentaje de lo que es la población de la provincia de Buenos Aires, que representa más o menos un tercio de la Argentina. Desde entonces, se ha ido estableciendo su participación en el Producto Bruto Interno: hoy cerca del 45% del PBI argentino sale de la provincia de Buenos Aires.
Sin embargo, el peso político de la provincia de Buenos Aires es tan menguado que no hay dirigentes radicales de nivel nacional, no hay dirigentes del PRO de nivel nacional y, finalmente, el gobernador de la provincia de Buenos Aires —que supuestamente es la provincia más potente del país— no puede ni resolver a su favor la interna de su partido político en la provincia. Con lo cual, su influencia fuera de la provincia es prácticamente nula.
Además, lo que es muy brutal es que el fracaso de los últimos gobiernos de la provincia —fracaso en el sentido de que no viene mejorando de ninguna manera la institucionalidad— es notable. La Legislatura de la provincia de Buenos Aires es un escándalo: maneja un presupuesto superior al del Congreso Nacional y no se resuelven los problemas. Nadie discute seriamente que la provincia de Buenos Aires tiene una mengua en su cantidad de diputados por aplicación de una ley de Bignone. Es decir, seguimos repartiendo los diputados por una ley que tiene 42 años, habiendo pasado cuatro censos y ningún gobernante de Buenos Aires lo ha reclamado.
Hoy Buenos Aires, de mantenerse la proporción, tendría que tener cerca de 100 diputados y tiene solo 70. No se modifican las secciones electorales. Es decir, no hay debates profundos sobre cómo modernizar la institucionalidad en la provincia de Buenos Aires para hacerla más gobernable, más manejable. Y por otro lado, la única aspiración que tienen los gobernadores de la provincia de Buenos Aires es ver si después son presidentes. Le pasó a Cafiero, le pasó a Scioli, le pasó a Duhalde, le pasó a María Eugenia Vidal y ahora le pasa a Kicillof. Y la aspiración de los bonaerenses debería ser tener un gobernador que quiera ser gobernador de la provincia, es decir, que se quede ahí.
–¿Cómo está viendo el contexto internacional y su impacto, tanto en Argentina como —bajado un poco más— en la provincia?–Yo creo que en el mundo hay mucho espanto por las formas, que son brutales, y con las que yo no estoy de acuerdo —hago la aclaración—. Pero, sin embargo, no se está haciendo una evaluación correcta, porque Donald Trump, en un año, logró recomponer el poder geopolítico de los Estados Unidos, que había menguado peligrosamente. La operación que hizo en Venezuela solo mereció un par de quejas de China y de Rusia, pero no pasó nada. En otros tiempos eso hubiera desencadenado una crisis internacional brutal.
Y ha logrado modificar algunas estrategias comerciales que le han permitido bajar notablemente las importaciones de China, subir las exportaciones, bajar el déficit fiscal, con modos que son brutales e inaceptables en un mundo civilizado. Puso de manifiesto el fracaso del modelo europeo como concentración de poder —eso es una evidencia sensible— y lo puso en evidencia simplemente diciendo que los Estados Unidos no se iban a ocupar más de la defensa.
Por otro lado, el hecho de que Milei haya apoyado a Trump previamente a su elección es un golpe de suerte —vamos a suponerlo así—; no daría la impresión de haber sido producto de un análisis geopolítico, pero lo ubica en un lugar de poder. Y sobre todo, el triunfo de Milei ha generado una repercusión que la Argentina había perdido en el continente. Y podrá ser casualidad o no, pero el giro a la derecha que empezó en la Argentina, que sigue con Chile, que se da junto con lo de Bukele y demás, a la Argentina la beneficia.
Y no daría la impresión de que eso beneficiara a la postura neosocialista que pretende el anclaje de Kicillof. En ese sentido, el anclaje de Kicillof y del peronismo de la provincia de Buenos Aires —y lo que podríamos definir como el peronismo de izquierda en la Argentina— parecería estar pasando un mal momento. Pero bueno, dentro de dos meses volvemos a hablar y probablemente todo sea diferente.
–Recién hablábamos de la figura de Donald Trump. ¿Considera que es un fenómeno de su persona o es la expresión de un proceso histórico más profundo de repliegue nacionalista o de crisis del multilateralismo?–Yo creo que primero hay que mirarlo en los Estados Unidos. Estados Unidos siempre ha sido un país aislacionista, es decir, se miraron a sí mismos. De hecho, entraron en la guerra a contrapelo tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial: entraron de la mano de demócratas, no de republicanos. Y el dato importante es que Trump es el emergente de la mayoría de la población estadounidense, que estaba harta de discursos vinculados con ideologías de izquierda cuando el pueblo estadounidense, en su gran mayoría, es conservador.
Y Trump —que yo lo defino, o mejor dicho, lo ha definido un gran amigo mío y yo le robo la idea— no es ni más ni menos que un avezado vendedor de autos usados que sabe cómo tratar al que tiene enfrente para lograr su objetivo, que es venderle un auto. Entonces, digamos, la astucia con la que está manejando lo que fue su intervención brutal en Venezuela —metió preso al presidente de Venezuela en un juzgado de los Estados Unidos— y por otro lado está logrando todos sus objetivos, haciéndole pagar el costo político a quienes se dicen seguidores de Maduro.

Y lo que parece casi una cosa graciosa es que hoy metieron preso, dicen, al que era el testaferro de Maduro; parece ser que Delcy Rodríguez está esperando reunirse con Corina Machado. Es decir, la astucia de Trump de no ensuciar a los Estados Unidos en el manejo interno de Venezuela —salvo en el manejo del petróleo y en el aumento de la producción de petróleo— no pareciera ser la del bruto que muchas veces los medios de comunicación venden.