La Tecla
Todos los derechos reservados
La función será el 17 de abril , a las 21 horas, en el Teatro Coliseo Podestá, calle 10 entre 46 y 47.
—¿Bajo qué circunstancias llega esta obra Por el placer de volver a verla a tus manos?
—Me llegó por medio de mi director preferido, Manuel González Gil. A lo largo de mi vida me ha dirigido como lo he necesitado. Ya hemos comenzado a trabajar y estamos en los últimos ensayos, en las pasadas generales. Por otro lado, estaremos en el Teatro Coliseo Podestá, que es un lugar muy importante en la historia de los argentinos. Nos hemos preparado muy bien.
—¿Qué podés comentar sobre el trabajo junto a Mercedes Funes?
—Es un cañón de actriz, una maravilla. Estoy muy feliz de haberla conocido. Me parece enorme y estoy aprendiendo del oficio junto a ella. Me encanta trabajar con Mercedes porque tiene todas las capacidades habidas y por haber. Es una leona impresionante. Cada cosa que nos pide Manuel (el director), ella la multiplica en cantidad de matices. Esta obra es ideal para una gran actriz que pueda mostrar sus capacidades en la comedia, en el drama y en la fuerza con la que se expresa el personaje. Es una obra muy exagerada, muy intensa.
—Sobre el proceso de construcción de tu personaje, ¿cómo se dio? ¿A qué herramientas apelaste?
—Soy un actor muy particular. La guía de Manuel, en este sentido, es fundamental porque yo no tengo un método específico. De repente siento cosas y van surgiendo. Eso no quiere decir que no tenga un camino por donde ir: a medida que voy sintiendo, se va uniendo mi capacidad cognitiva con la del corazón, y entonces las cosas brotan solas.
Es un personaje muy emotivo, porque es un autor de teatro que definió su vocación desde muy chico y fue impulsado constantemente por su madre. Es entrañable, muy bonito. Aporto lo que sé, lo que todavía me da fuerzas para seguir creyendo en esto, porque creer es la única manera de crear.
—Con tantos años de carrera, ¿qué analizás a la hora de elegir un proyecto?
—Alma, sangre y vida. ¿Qué sentido tiene el teatro? Mostrar otras vías para creer en la vida. Son caminos donde la curiosidad y la sorpresa tienen lugar, pero que la mayoría de la gente no se anima a transitar. Son decisiones que requieren una vocación brutal, porque hoy es muy difícil vivir de la profesión.
Es muy complicado para los actores jóvenes tener una vida en el cine o en la televisión. El único camino que queda, y que además es maravilloso, es el teatro.
—¿Cómo te llevás con los nuevos soportes, como las plataformas?
—En plataformas trabajé una sola vez, así que no tengo mucha experiencia. Pero lo que ha pasado es que todo este mundo llegó de golpe y se fue perdiendo parte del trabajo técnico y artístico. Hoy casi no hay directores integrales de televisión.
Yo tuve la suerte de trabajar con los mejores. Antes hablábamos de “ponchar” el relato de la cámara al tiempo de la respiración del actor, y eso ya no se hace. Ahora se usan varias cámaras al mismo tiempo para seguir la historia.
Todo lo que los actores de mi época aprendimos parece haber quedado obsoleto. Antes sabíamos de luces, de sonido, de los planos en los que estábamos siendo tomados. Las reacciones a los cambios de cámara ya no existen. Es una transformación muy grande; el mundo cambió para nosotros.
—¿Qué balance hacés del camino recorrido?
—Estoy muy feliz con los trabajos que hice y con las personas que conocí. Ha sido una experiencia maravillosa: aprendí de muchos, quise a muchos y admiré a muchos.
Ahora, a los 75 años, me encuentro con un mundo muy cambiado. No sé si voy a poder seguir estando al nivel de los grandes proyectos, de los necesarios para contar la historia de la actuación. Ojalá tenga las fuerzas. Pero el tiempo que vivimos es duro, agresivo y, a veces, carente de piedad. Las historias humanas ya casi no se cuentan.