Elon Musk vuelve a ubicarse en el centro del debate tecnológico con Blindsight, uno de los proyectos más ambiciosos de Neuralink, su compañía dedicada al desarrollo de interfaces cerebro-máquina. A diferencia de otros tratamientos orientados a corregir problemas visuales, esta iniciativa propone un cambio radical: prescindir por completo del sistema visual tradicional y enviar señales visuales directamente a la corteza cerebral.
El proyecto es un chip cerebral del tamaño aproximado de una moneda, equipado con miles de microelectrodos flexibles que se implantan en áreas específicas del cerebro vinculadas a la visión. Estos electrodos estimulan neuronas concretas a partir de información captada por una cámara externa, permitiendo que el cerebro “aprenda” a interpretar esas señales como imágenes.
Asimismo, podría funcionar incluso en personas que nacieron ciegas o que perdieron completamente la visión, siempre que la corteza visual esté intacta. Esto lo diferencia de los implantes retinianos tradicionales, que requieren cierto grado de funcionamiento ocular y ofrecen resultados limitados.
Las primeras versiones del sistema no apuntan a una visión nítida o detallada, sino a una percepción básica del entorno. El objetivo inicial sería que los pacientes puedan reconocer formas, contrastes, movimientos y ubicaciones, una capacidad que podría representar un cambio sustancial en su autonomía y calidad de vida. Con el tiempo, el proyecto aspira a mejorar la resolución y complejidad de la imagen transmitida.
El desarrollo, sin embargo, enfrenta desafíos técnicos y científicos significativos. El cerebro humano es extraordinariamente complejo y la estimulación artificial de neuronas plantea interrogantes sobre la adaptación neurológica, la estabilidad a largo plazo de los implantes y los posibles efectos secundarios. Además, cualquier aplicación clínica requiere extensos procesos de prueba para garantizar seguridad y eficacia.