23 de enero de 2026
LA TECLA MAR DEL PLATA
Un peso pesado de la Quinta en el tablero de la ambición presidencial de Kicillof
Entre visitas furtivas a museos, una gestión provincial asediada por reclamos de salud y seguridad, y una interna feroz que fractura al peronismo local, el mandatario bonaerense redefine su vínculo con "La Feliz" priorizando la construcción nacional de cara a 2027 por sobre el conflicto territorial directo.

En este comienzo de 2026, Mar del Plata se ha convertido en el espejo que devuelve la imagen más compleja de Axel Kicillof: la de un líder con ambiciones nacionales que, sin embargo, debe moverse con cautela de espía en el distrito más importante del interior bonaerense. La postal de este jueves, con el ministro Gabriel Katopodis encabezando los anuncios de las obras en la Rambla en lugar del gobernador, no es un problema de agenda, sino una declaración política. Al delegar el protagonismo en sus ministros y en un vecinalismo aliado que utiliza la estructura provincial como respirador artificial, Kicillof confirma que Mar del Plata es hoy para él un territorio de "presencia-ausencia".
Esta estrategia quedó cristalizada el pasado lunes, cuando el mandatario recorrió el Museo Mar bajo un hermetismo absoluto, con el edificio cerrado al público y fuera de cualquier gacetilla oficial que anticipara la visita. Este acontecimiento es la metáfora perfecta de su gestión actual: la necesidad de capitalizar la obra pública y la cultura sin exponerse al termómetro de una calle que, lejos de la épica militante, le devuelve un reclamo persistente por la ineficiencia de los servicios básicos.
El distanciamiento de los grandes escenarios marplatenses no es caprichoso; responde a un deterioro de la imagen provincial que, parece, no se soluciona con fotos de campaña. La crisis del IOMA, que tuvo su punto más crítico el 6 de enero con la protesta de los "Reyes Vagos", expuso una vulnerabilidad que toca la fibra más sensible de la clase media local: la salud. A esto se suma el desaire simbólico de haber mudado el lanzamiento del Operativo Sol a Mar Chiquita, lo que confirmó la ruptura con la tradición de las diecisiete ediciones ininterrumpidas en la Plazoleta Almirante Brown de Mar del Plata.
Este movimiento es leído políticamente como una admisión tácita de debilidad. Kicillof parece haber comprendido que, en una ciudad que se siente rehén de la inseguridad y el abandono administrativo, cualquier aparición pública corre el riesgo de transformarse en un reproche social. Por eso, el gobernador ha optado por "puentear" el conflicto directo, enviando delegados y refugiándose en figuras como el senador Jorge “Pitingo” Paredi para articular la Quinta Sección.
Esta fractura territorial tiene su correlato en la batalla judicial por el Complejo Punta Mogotes, un enclave que hoy funciona como el último bastión del "centralismo" bonaerense frente a los intentos de autonomía de General Pueyrredon. Lo que para la Provincia es la defensa del patrimonio estatal y una planificación centralizada, para el Municipio es un tutelaje agotado y anacrónico. Con el vencimiento de las concesiones en agosto y el litigio instalado en la Corte Suprema, Mogotes es hoy el campo de batalla donde se mide quién tiene el verdadero control sobre la infraestructura estratégica de la ciudad. Mientras tanto, la parálisis jurídica sobre las siete mil carpas de la bahía simboliza una relación institucional que se ha mudado definitivamente de los despachos oficiales a los tribunales, eliminando cualquier posibilidad de planificación urbana conjunta.
En última instancia, el repliegue táctico de Kicillof en Mar del Plata es el costo de su apuesta por el 2027. El gobernador ha decidido que para llegar a la Casa Rosada necesita una estructura propia, el Movimiento Derecho al Futuro (MDF), que le permita prescindir del tutelaje de La Cámpora y de los liderazgos históricos como el de Fernanda Raverta. Esta decisión ha dinamitado la unidad del peronismo local, hoy sumergido en una guerra de avales y padrones de cara a las internas de marzo. En este laberinto, Kicillof juega un triple juego: mantiene la gestión a través de aliados vecinalistas, desafía a la estructura orgánica de su propio partido y evita el choque directo con una gestión municipal que capitaliza su ausencia.
Mar del Plata, para el gobernador, ha dejado de ser una ciudad para gestionar y se ha transformado en un tablero donde cada movimiento se mide en clave de supervivencia nacional, aunque el precio sea caminar sus calles en las sombras.